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A todos nos encantan las historias de empresarios exitosos, de esas que empiezan como la de Richard Branson en sótano de un templo entre humedad y catacumbas; o como Steve Jobs regresó a salvar Apple justo a tiempo. Desafortunadamente para algunos, esto no se trata de ese tipo de historias.

Últimamente, quizá porque es esa época del año (varios estudios dicen que la primavera es una de las temporadas más altas en suicidios), han platicado conmigo diferentes personas que tienen varias cosas en común; para no perder el hilo mencionaré dos, la primera de ellas es que son emprendedores. La segunda y la que me ha llamado mucho la atención es que están pasando por una crisis.

Las razones varían, desde que si no nos está yendo bien financieramente, como a todo el universo, o si el estilo de vida no es lo que pensábamos, o también que no sabemos si podemos con todo el paquete de “ser emprendedor”. Nuestra realidad es cruda y muchas veces se hace más compleja porque la gente externa a nuestro ambiente no lo comprende. Después de varios años y varias crisis, esto ha sido algo que quiero compartirles porque me ha funcionado a mí:

 

Da miedo fallar

El miedo a fracasar en algunas ocasiones saca lo mejor de nosotros. Hay pequeños fallos (como un error ortográfico que se mandó a imprimir, o un enlace que no funcionaba en una campaña de correo electrónico) y grandes fallos (como quebrar una compañía… antes de que lance). Que definitivamente harán mella en nuestro panorama, provocarán que avancemos de manera más lenta y nos paralice si los dejamos.

Como vivimos en una cultura donde el fallar es “malo” nuestra reacción visceral es esa, pero si logramos aprender de los fallos podemos hacernos expertos en eso. Y como lo dicen muchos que saben, si fallamos pronto y rápido podemos mejorar de una manera más eficiente.

 

Nos equivocamos

Si aún vienes con tu ego puesto, es momento de  dejarlo en la entrada. Todos los días caen sobre nuestros hombros una infinidad de decisiones que tomar y para hacerlo más interesante jamás vienen con el mismo contexto o escenario. Con algo de presión, sólo la de todos tus empleados, compañeros de trabajo, familias y la más mortal de todas: la tuya.

Sabiendo esto, entiende: te vas a equivocar. No hay vuelta de hoja. A todos nos pasa. Pero no debemos dejar que esto evite que tomemos decisiones. La indecisión es mucho más peligrosa para cualquier líder. Así que si tu decisión fue la equivocada, con la frente en alto busca como arreglarlo.

 

Te sientes abrumado

Ser emprendedor no es algo que se elija porque “es fácil”. Es un estilo de vida que elegimos porque es un reto con muchas recompensas en el camino. Si alguien te dijo que ser emprendedor es una buena manera de hacerse rico rápido y sencillo, le creíste y aún no te has dado de topes contra la pared: Te mintieron. Así que corre, esto no se pone más fácil. Por aquí hay mucho estrés, obstáculos y mucho trabajo duro (e inteligente).

El lado positivo, y a mi parecer mucho más extenso, de ser emprendedor es el control que tenemos sobre todo. Efectivamente, podremos sentirnos abrumados pero tenemos el control absoluto para cambiarlo. Si nuestro equipo de trabajo no es el óptimo podemos cambiar tareas o miembros, si nuestro plan de acción no funciona podemos buscar mentores o consultores. Si sentimos que todo nos molesta, podemos darnos el lujo de cambiar nuestro entorno (e incluso forzarnos a tomar un descanso).

Lee bien esto: Tendrás muchísimo trabajo, mucho más del que jamás hayas imaginado nunca, sólo recuerda que sólo tú tendrás el control de todo tu destino/camino/experiencia.

 

No te consideras lo suficientemente bueno

Cuando comenzamos un proyecto nuevo nos sentimos muy inspirados y emocionados, conforme pasan los días empezamos a ver problemitas y “peros”  por todos lados que van aumentando uno tras otro. Hasta que comenzamos a preocuparnos si ese producto/proyecto es lo suficientemente bueno para ser competitivo o si nosotros mismos somos así de buenos emprendedores. Esa duda que se acaba convirtiendo en miedo debilita a cualquiera.

Muchos de los consejos que vemos para todos los proyectos nuevos es: Construye un “MVP” un producto mínimo viable. No tiene que ser perfecto (y por favor no busques que lo sea) ni tiene que tener todas las mil características que pensaban. Sólo tiene que ser lo suficientemente bueno para que la gente lo acepte. Estando ahí, ya sólo es cuestión de escuchar a tus clientes, ver tus datos y afinar, para eso hay bastante tiempo. Ningún producto sale siendo perfecto, podríamos apostar que todas y cada una de las empresas más exitosas empezaron con algo con la misma calidad a la de tu proyecto.

Como emprendedor, también nos podemos convertir en un MVP. No tenemos que tomar todas las decisiones acertadas, ni ser el líder por excelencia. Para eso tenemos que ir tomando experiencia (y aprovechar lo que otras personas que admires/respetes te compartan o puedas aprenderles).

 

Nunca dejas de trabajar

El éxito o el fracaso de nuestro negocio están sobre nuestros hombros. La comida con nuestra familia, nuestras actividades con los amigos y nuestros hobbies se van minimizando para dar lugar a trabajo “atrasado” o a juntas fuera de hora pero que son extraordinariamente urgentes. ¿Te suena familiar? Esa fue mi vida durante casi 2 años.

Por lo mismo que tenemos todo el control en nuestras manos (y la responsabilidad en nuestros hombros) se nos olvida que somos personas. Que tenemos seres queridos y actividades que nos hacen felices. Así como se ha puesto de moda el hacer un “détox” de redes sociales o de comida chatarra, a veces también debemos hacer uno de nuestro trabajo. Por salud. Raro será que en 10 horas vaya a cambiar todo lo que estás haciendo y se vuelva completamente obsoleto. Respira y toma un tiempo fuera.

 

A veces esto se vuelve solitario

Dicen que los lobos solitarios no son efectivos para hacer un negocio y en todas las escuelas nos enseñan que “hay que trabajar en equipo”, que busquemos el éxito y que sigamos nuestros sueños. Pero para seguir nuestros sueños necesitamos una pasión implacable y una tenacidad que raya en la necedad para poder resolver todos los problemas que surgen durante (y seguramente después) de las horas de trabajo. Hay situaciones, retos y complicaciones que prácticamente nadie de tus círculos más cercanos entiende, así que te encuentras sin nadie que te entienda o en algunos casos sin un par de oídos empáticos.

Por lo que debemos encontrar algún proceso para sobrellevarlo y no acabar pensando en estrangular a alguien en la sala de juntas. Soluciones y procesos hay muchos, como meditar, salir a correr, hacer mandalas, escuchar música; personalmente, me pongo a jugar algo, desde damas inglesas hasta salvar a la Tierra Media en video. A mi parecer no es tanto el –que– hacer, si no el mantener a nuestro cerebro ocupado en otras cosas que nos generen placer, para disminuir el estrés negativo y salir de ese círculo vicioso. Y cuando estés afuera, trata de echarle una mano a alguien que esté ahí.

 

Ni mi equipo lo entiende

La mayoría de los negocios de emprendedores están buscando crear algo que jamás se ha hecho o que mejora de manera brutal algo que ya existe. Si bien, para muchísimas personas esto es algo que va más allá de su entendimiento, el que te rodees de gente que te entiende o que puede y quiere hacerlo siempre es bueno. Cuando somos novatos en este ambiente, hay una gran cantidad de obstáculos para los que nos podemos preparar. Y otros para los que ni el más experimentado de los grandes hombres de negocio podría imaginarse. Sabiendo que hay grandes retos, es vital que entendamos que habrá tiempos difíciles.

Recuerda que si puedes confiar por completo en tu proyecto, en tu equipo y en ti, podrán salir adelante. Remarcando que esa decisión de emprender es una de las más fructíferas que pudieras tomar jamás. Aprende a delegar. Comparte toda esa responsabilidad con ellos, por algo son un equipo de trabajo. Una situación hipotética que utilizo cuando empieza a haber fricciones con un grupo de trabajo es preguntarles si podrían vivir bajo el mismo techo durante al menos un mes. Si la respuesta es negativa, hay que preguntarse si estás con el equipo correcto.

 

El progreso es extremadamente lento

Como lo mencionaba antes, para todo el mundo la historia que se conoce es el emprendedor al llegar a la meta con su trofeo en la mano. La parte en la que prácticamente nadie se fija es en la cantidad barbárica de intentos que hacemos para llegar ahí, todas esas horas invertidas y fallos a los que nos enfrentamos. Por lo mismo hay muchísimas compañías que se apresuran –en demasía– a entregar un producto “terminado” o a sobre-desarrollarlo. Forzar el proceso o a la audiencia.

Es de valientes el empezar un proyecto así como el tuyo, se requiere de muchísimo coraje y persistencia el mantenerlo. Disfruta el camino, aprende de cada experiencia y de cada meta que cumplas (y de las que no también). Personalmente, ese es un trofeo mucho más valioso.

 

Me estoy quedando sin dinero

Tener dinerito siempre es una de las más grandes preocupaciones de todos los emprendedores, y con razón. Empezar un proyecto cuesta dinero, que usualmente viene de nuestros propios bolsillos (o si tenemos un padrino mágico, como un inversionista independiente). Si no podemos generar un flujo de ingreso constante para el tiempo en el que ese capital inicial se acabe el negocio, y todo ese dinero, está en riesgo de irse a la basura.

Si lo que te preocupa es quedarte sin todos los ahorros de tu vida, antes de que los gastes busca otros modos de fondearte. Hay tantas maneras, desde el crowdfunding (vender panquecitos funciona) para obtener pequeñas cantidades de muchas personas, fondos de gobierno, inversión privada, concursos, etc. La parte que importa y por qué funciona: Debes creer en tu modelo de negocio. Si no, nadie va a darte un peso por él.

 

No sé qué vaya a pasar

Aquí si empieza lo indescriptible y lo imposible para prepararse. Aunque ya tengas tu plan de negocio, algo de dinero, un socio o un mentor y se comienza realmente a trabajar, nadie sabe qué pasará en el primer año. Para algunos es algo extraordinariamente emocionante, para otros menos locos, es bastante aterrador.

Emprender no es sólo un trabajo. Es un estilo de vida. Y es un estilo que TÚ eliges. Porque aceptas tomar riesgos, eres apasionado, crees en tus ideas y estás dispuesto a trabajar casi sin descanso por ellas. Muy probablemente estas cuatro cualidades ya las tienes y son suficientes para salir adelante. Así que déjate de miedos y empieza a creer en ti.

 

Respira y sonríe.

Esto no quiere decir que los emprendedores son criaturas que no le temen a nada, al contrario, todos tenemos muy bien identificados nuestros miedos. Por eso nos preparamos para enfrentarlos y a superarlos.  En lugar de que las inseguridades te paralicen abrázalas y  úsalas como motivación para aprender más de ti y de tu negocio, para prevenir errores y sobre todo para salir adelante.

Detente y recuerda porqué comenzaste este camino. Seguramente tenías una visión y una meta tan definida como punta de láser. ¿Qué necesidad quieres resolver? ¿A quiénes ayudarás? Mantenerte en contacto con esa inspiración puede darte la energía necesaria para seguir adelante.

Toma una vista realista de lo que sucede contigo y con tu proyecto. Como todas las aventuras, hay momentos difíciles, que son los que nos permiten aprender (y contar alrededor de una fogata). Pero la verdadera fuerza está en decidirse y tomar acción, no en quedarse paralizado.

A mí esto me funciona. Escríbenos si necesitas ayuda para enfrentarte a algo, o si simplemente necesitas un par de oídos. También estaría bueno que nos platicaras que es lo que más te preocupa o que te funciona a ti.

 

Photo credit: Simon Daniel Photography / CC BY

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